La comunidad rosarina recibió este miércoles la triste noticia del fallecimiento de José Adad, alias “Carlitos”, quien estuviera al frente del famoso carrito de pororó que se ganó el corazón de la ciudad. Con historia desde 1929 en la ciudad e ininterrumpidamente, se trata de una tradición que hoy sostiene la tercera generación de la familia.
«Hoy nos decís adiós, pero te llevaremos siempre en nuestros corazones. Mi pequeño homenaje a un hombre que hizo felices a tantas generaciones, con amor y orgullo. Hoy te sacaste la chaqueta blanca y te vas a descansar. Ya le diste muchas alegrías a niños y niñas que hoy quizás tienen 70 años o más.
Pensé que ibas a vivir para siempre desde que se fue mi padre siempre estuviste satelitando. Te vamos a extrañar… Simplemente gracias José. Carlitos para sus niños y niñas!!!!», describió la cuenta del emprendimiento que hoy encabeza Julio, nieto de la línea fundacional y que también es cirujano.
En una entrevista que realizó luego de ser valorado como ciudadano distinguido por el Concejo Municipal en 2016, José contó: «Vendíamos en las escuelas, los parques y en los barrios. Me dediqué toda la vida a hacer esto. Empezamos a trabajar mucho desde que construyeron el Monumento a la Bandera».
Durante más de tres décadas, «Carlitos» fue, entre manzanas, peras, lupines y pororó, una fija en la puerta del Normal 3, cuya comunidad lamentó su partida, así como su hermano Don Pedro lo hacía en la Dante. «Siempre una sonrisa que acariciaba el alma. Siempre dispuesto a ayudar a cualquier pequeño perdido o asustado, y a todo padre que lo necesitara», apuntaron.
«La segunda generación amó este trabajo y eso se fue transmitiendo. La relación con el cliente, el amor por el pororó. Se colocó una placa en señal de homenaje en el ingreso de la escuela Normal 3 de La Paz y Entre Ríos», apuntaron los más memoriosos, que le adjudicaron a José una frase que marca su historia: «De no tener nada a toda la familia trabajando». Por él, cada 19 de septiembre se conmemora el “Día del Pochoclero”, un dulce homenaje de la ciudad.
Con una dinámica familiar que se sigue replicando, se mantiene todavía vigente la historia emprendedora con los sabores dulces que se transformaron en una verdadera tradición rosarina. Son varios los familiares que comercializan los pochoclos por distintos puntos de la ciudad.


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