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viernes, agosto 12, 2022

[OPINIÓN] Violadores: hijos sanos del patriarcado

Una mujer fue violada por seis hombres a plena luz del día en el barrio porteño de Palermo. La metieron en un auto, la drogaron, la golpearon y la violaron. Mientras este hecho ocurría, se turnaban entre ellos para hacerse de campana, porque la complicidad masculina está siempre a la orden del día cuando de violencia se trata.

Todo lo que diga seguramente ya se dijo y se ha escrito mucho al respecto, por ende todo puede parecer redundante. Pero la violencia contra las mujeres también lo es.

Seguramente todos hemos escuchado hablar de la “cultura de la violación”, término que se comenzó a utilizar en Estados Unidos en la década del 70 y que refiere a los actos, comportamientos y costumbres que están presentes en la sociedad desde hace siglos y se manifiestan de manera implícita y son naturalizados. El modo en que nos referimos a las víctimas, la forma en la que los medios abordan estos temas y el lugar que toman la Justicia y las instituciones colaboran y fomentan la cultura de la violación.

Todas las mujeres, en mayor o menor medida, hemos sido víctimas de varones que, mayoritariamente en grupo y con el objetivo de reafirmar su masculinidad delante de sus pares, nos han acosado o intentado violentar. Lo que pasó en Palermo no es un caso aislado, no son monstruos ni enfermos, son varones criados en esta sociedad y con prácticas aprendidas en ella, son hijos sanos del patriarcado. No lo hacen por placer ni por deseo sexual, no. Lo hacen sencillamente porque pueden y porque se lo permiten.

En las redes se hizo hincapié en no utilizar términos como “animales” o “enfermos” para referirse a los hombres que violan y me parece un punto interesante. La antropóloga Rita Segato estudia desde hace más de 20 años la violencia de género y a principio de los 90 trabajó en una cárcel de Brasilia realizando entrevistas a violadores con el objetivo de intentar comprender la finalidad de sus actos.

Cita de Rita Segato

“Es un error hablar de crímenes sexuales. Son crímenes del poder, de la dominación, de la punición. El violador es el sujeto más moral de todos: en el acto de la violación está moralizando a la víctima. Cree que la mujer se merece eso. Los jueces, los abogados, los legisladores, no están formados, no tiene educación suficiente para entenderlo. Son ataques a la sociedad y a la vida en el cuerpo de la mujer. Es un error, que el pensamiento feminista eliminó hace muchísimo tiempo, la idea de que el violador es un ser anómalo. En él irrumpen determinados valores que están en toda la sociedad. Entonces, nos espantamos y el violador se convierte en un chivo expiatorio pero él, en realidad, fue el protagonista de una acción que es de toda la sociedad, una acción moralizadora de la mujer. El violador nunca está solo, aunque actúe solo está en un diálogo con un modelo de masculinidad: con un primo más fuerte, con un hermano. Le está demostrando algo a alguien, que es otro hombre. Los hombres que violan responden a un mandato de potencia: realizan la prueba de potencia mediante el cuerpo de las mujeres. El “ritual” de la violación constituye así una búsqueda desesperada de afirmación. La masculinidad, para mantenerse, tiene que confirmarse por interlocutores masculinos y, para ello, necesita exhibirse”.

La investigación que hace Rita Segato lleva a pensar que no es casual que la violencia contra las mujeres sea cada vez más cruenta y frecuente. El avance de los movimientos feministas en el mundo, el pedido por más derechos y justicia y el camino por ocupar más espacios de poder genera un cambio tan drástico e incómodo que se busca la manera de adoctrinarnos. El aumento de las violaciones en grupo y los femicidios no son más que el castigo que el patriarcado ejerce sobre nosotras, sobre nuestros cuerpos.

Es urgente y fundamental que los hombres reflexionen sobre estos hechos con sus pares y en sus espacios, que toquen estos temas y que puedan atravesar la incomodidad que esto supone. Es importante que se hagan algunas preguntas y que no opinen solo para criticar o decir “yo no fui”.

Podemos pedir justicia, penas y leyes más duras y cadena perpetua pero nada de esto va a servir si no hay un cambio real y profundo de paradigma, para eso debemos entender que todos somos parte del problema.

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