Entre festejos, Central venció a Aldosivi y va por el campeonato

De entrada estaba claro que el partido era una excusa, pero las voces de Central en la semana, luego de consumado el anhelado ascenso, hablaban de ir por el campeonato.

Y con el apoyo de esa inmensa masa canalla que se dio cita en el Gigante y que planea invadir otra vez la ciudad, Central salió a hacer su juego.

Con los ecos aún frescos de la fiesta que se vivió en Arroyito antes del inicio del encuentro con los marplatenses, el equipo de Miguel Ángel Russo lució tranquilo en los primeros minutos.

Y mucho más cuando a los 7′ Nahuel Valentini se vistió de goleador y cabeceó un córner de Rafael Delgado de manera magistral. El testazo del zaguero se clavó en el ángulo, imposible para cualquier arquero y permitió que los hinchas siguieran exultantes en la noche rosarina.

Entonces, Central se acomodó mejor el traje de anfitrión de la fiesta y Aldosivi de partenaire. Javier Toledo lo tuvo por duplicado, pero pareció que se había olvidado de su noche de gloria en Jujuy hace apenas una semana.

El Sapito Encina y Paulo Ferrari trepaban por derecha y por ahí llegaba el poderío canalla. Del lado del Tiburón, poco y nada: un enganche de Ramis y un remate de Matñias Gigli que apenas si despeinaron al fondo canalla. Después, pelotazos largos, frontales, anunciados, fácil hasta para el defensor menos avezado. El partido era una excusa, estaba claro.

Con la ventaja en el bolsillo, los auriazules hacían correr el balón y cuando podían metían algún estiletazo.

En el segundo tiempo, la cosa no varió. El inexpresivo Aldosivi apenas podía con su sombra, por lo que el desarrollo del partido navegaba en las aguas de la tranquilidad. Y también un poco de aburrimiento.

Pero a los 8, el incipiente romance de Toledo con el pueblo canalla sumó otro eslabón. El 9 canalla se sacó de encima su marca en velocidad por la izquierda, levantó la vista y se la sirvió al paraguayo Bareiro, que venía entrando por el corazón del área. El paraguayo no tuvo más que tocarla al gol.

Entonces sí, lo que había de partido comenzó a quedar en el recuerdo. Porque por más que los marplatenses intentaron algo parecido a una remontada, la cosa iba de festejo. Y la atención se trasladó casi exclusivamente a las tribunas.

Con paso cansino, Central caminó los más de 30 minutos hasta el final del encuentro. El equipo de Russo tocaba y tocaba. El de Aldosivi miraba y miraba.

El episodio de las bengalas pareció desencajado del contexto, pero, tras un par de minutos de parate, se volvió a jugar. Bueno, a eso en que se había transformado el cotejo.

Un partido de fútbol en medio de una fiesta, con un anfitrión de primera y un pariente lejano como convidado de piedra.